Mi adolescencia fue algo un tanto diferente a la de muchos. Siempre digo a viva voz que no tuve ese tiempo para quejarme de que me había salido una espinilla, que una chica no quería estar conmigo, que papi o mami no me compraron el regalo que deseaba, etc., pues desde muy temprano tuve que trabajar para mi sustento y forjarme el camino a seguir. Toda mi energía estaba destinada a levantarme a las 5:00 de la mañana para iniciar mi jornada y salir del trabajo a las 6:00 de la tarde para llegar a tiempo al liceo.
Debo admitir que fueron momentos muy duros y algunas veces, pese a que han pasado muchos años desde que viví esa experiencia, me levanto sobresaltado pensando que me ha cogido el sueño y Milton, mi primer jefe y dueño de un supermercado en Manoguayabo, me tocará la bocina para indicarme que estamos tarde para irnos al Mercado Nuevo a comprar las provisiones.
Eso que para cualquiera sonará como una pesadilla, me ayudó mucho en la formación de mi carácter, me disciplinó y cultivó en mí la responsabilidad, dos valores tan escasos en los últimos tiempos.
Debo confesar que en estos tiempos en que las cosas buenas parecen malas y las malas buenas, esas dos cualidades, en ocasiones, me han traído problemas; nunca asumiré que a alguien que tenga bajo su responsabilidad un trabajo “X”, se le tenga que estar recordando constantemente y que actúe indisciplinadamente coartándole el trabajo y el tiempo a los demás. Pero las cosas se complican mucho más cuando buscan cualquier pretexto para no asumir que están en falta y salen a buscar culpables donde no los hay.
Lamentablemente, esta mala práctica ha crecido con los años y fácilmente, quien no la practica es el que está fuera de contexto en una sociedad que desafortunadamente apoya los antivalores.