A veces los libros nos buscan. Encuentros que parecen fortuitos resultan ser ponderadas travesías, si se examinan desde el alto árbol del tiempo y la distancia. Libros que invitan a abrirlos para acariciar sus páginas porosas y aspirar el concentrado perfume que destilan los pensamientos y las palabras escritas.
Viví uno de estos encuentros en mi reciente viaje a Madrid. Callejeaba sin rumbo fijo, una tarde crepuscular y tibia de octubre por la calle Serrano y el bien abastecido escaparate de la librería del Corte Inglés me sedujo, me atrajo con la fuerza de un gigantesco imán. Entré sin vacilar, con una sensación de felicidad y libertad que hacía tiempo no experimentaba. Por estas tierras que habito, los libros se compran preferentemente por Internet y llegan lindamente empaquetados, o en pocos segundos se transfieren al lector electrónico.
Estos días comienzo a leer, como un párvulo que hubiera vuelto al kindergarden, en la pantalla grisácea del e-reader que acabo de comprar. Abrigo la duda de si abandonaré algún día los libros concretos y materiales (breves bosques entre mis manos) que desde la adolescencia me han acompañado, y me acostumbraré a esta tableta de siete pulgadas que es, en teoría, una biblioteca portátil y exhaustiva. Leer, no importa cómo, tal vez en ello resida el consuelo para los que, siguiendo a Borges, persistimos en imaginar el universo bajo la especie ñcasi extinta hoyñ de la Biblioteca. Pero volvamos sin dilación a la librería madrileña, y, más exactamente, a un anaquel donde reposa un libro particular: Antes del fin, las memorias de Ernesto Sábato. Libro de postrimerías, redactado en los umbrales de la muerte, que todavía tardaría algunos años en alcanzar al escritor argentino. Larga vida, largos libros. En una de las primeras páginas de este libro, Sábato rememora la figura señera de su maestro Pedro Henríquez Ureña, a quien califica, erróneamente, de puertorriqueño. La memoria de Sábato es elogiosa, vindicativa, aunque marcada por un dejo de amarga queja: Ureña se le aparece como un ser superior, aristocrático, melancólico y pensativo, pero cercado por la mezquindad y el resentimiento de los mediocres, que siempre son legión en los predios universitarios. La imagen final de Ureña que Sábato hilvana es de una ternura honda, de una nobleza punzante: ®un hombre capaz de atravesar la ciudad en la noche para socorrer a un amigo®. Ese era Henríquez Ureña, cuyas palabras perduraron por décadas en el recuerdo de Sábato.