Para escribir el prólogo al próximo libro titulado “Otras lecturas” de los temidos comentarios literarios del profesor Giovanni Di Pietro, le hice una exhaustiva entrevista a fin de conocerlo mejor y no improvisar como regularmente hacemos cuando presentamos un texto, evitando cometer el error de hacer críticas y de desvelar todo el contenido, cuando la misión de quien presenta o prologa (que es lo mismo, el prologuista termina leyendo el prólogo), es la de insinuar lo que hay de interesante para la curiosidad del lector que desconoce lo que trata el volumen. Nuestro papel es de celestino cultural. El éxito real de un escritor sucede cuando se acopla con su lector.
Dada la extensión de la entrevista (14, 803 palabras), como aparecerá al final del libro, para picar la curiosidad del futuro lector, sólo copiaremos pequeñas cápsulas de sus respuestas. Entre las cosas que nos interesaban estaba su fecha de nacimiento, que regularmente no aparece en sus fichas, el lugar preciso donde vino al mundo en Italia y luego sus avatares por Estados Unidos, Canada, aquí y en Puerto Rico, su formación académica y lo más importante, su obra y sus teorías como comentarista de textos (ya que sostiene que él no es crítico) y finalmente le pedimos consejos para los jóvenes narradores.
Ante la obligada pregunta sobre datos precisos, me respondió:
“GDP: Nací en Pratola Peligna (L’Aquila), Italia, 18 de marzo de 1944. Mi padre se llamaba Franco y mi madre Elisa Di Cristoforo. Viví en el pueblo hasta los doce años, cuando me llevaron a los Estados Unidos, donde mi padre, quien tenía toda su familia allá, emigró. Viví en ese país e hice mi Licenciatura en la University of Hartford, en Connecticut, especializándome en inglés e historia. En 1969 me fui a Canadá para hacer una maestría en literatura inglesa, pero terminé estudiando Literatura comparada en McGill University, en Montréal, Québec. Hice la maestría en esa universidad y después el doctorado en literatura italiana también. Fui profesor de italiano en Concordia University, en la misma ciudad de Montréal, y más tarde en Queen’s University, en Kingston, Ontario. Llegué a Santo Domingo en 1981. Empecé dando clases de inglés e historia en APEC y de literatura inglesa y de italiano en la UNPHU. En 1983 entré como profesor de literatura inglesa y norteamericana en la UASD. Fui profesor de inglés en UTESA. En 1995 me mudé a San Juan, Puerto Rico, donde todavía resido. Fui profesor de inglés e italiano en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, y de inglés en la Universidad Sagrado Corazón. Di clases de Humanidades primero en la Universidad Metropolitana y el Colegio Universitario del Este y, luego, en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Carolina, donde todavía trabajo.”
Después de hablar sobre su infancia, su familia, sus años escolares en su patria y en U.S.A. y el inicio de sus estudios en la universidad, nos cuenta su experiencia en Canada.
“GDP: Tenía unas ganas locas de irme de los Estados Unidos y, al no poder regresar a Italia, pensaba irme a estudiar en México, por alguna razón. Pero después me decidí por Canadá, donde había recibido una beca de trabajo para enseñar inglés y hacer una maestría en Literatura Inglesa en la Universidad Sir George Williams de Montréal. Sin embargo, mis profesores me asesoraron que, si me iba a estudiar a Canadá, sería mejor entrar en McGill University, en la misma ciudad. Rechacé la beca y me inscribí en esa universidad para estudiar Literatura comparada, que se suponía iba a ser el área literaria más concurrida en el futuro, algo que después no sucedió.”
“En McGill no me la pasé muy bien, pues no encajaba en el ambiente de universidad elitista que era, quizás la mejor y más exclusiva de Canadá. Cómo me aceptaron, todavía no lo sé. Creo que necesitaban candidatos para el programa de Literatura comparada, que apenas estaba empezando. La materia que más me dio problema y donde saqué mala nota fue, curiosamente, una sobre la novela inglesa del siglo XIX. Terminé mi maestría con una tesis sobre las traducciones al italiano de la poesía de William Blake hechas por Ungaretti. No fue gran cosa, como tampoco lo fue mi tesis de doctorado acerca de la novela de la Resistencia en Italia. Ambas fueron escritas esencialmente para salir de mi penosa situación como estudiante sin dinero ni trabajo, y que no sabía exactamente qué hacer consigo mismo. Después de la maestría, regresé por primera vez a Italia, después de quince años de ausencia, pero no pude quedarme. No había trabajo y ya no me acostumbraba a la manera de hacer las cosas allá. Así que volví a Canadá.”
Me gustaría que explicaras por qué tu tarea de crítico que ha leído y comentado libros que allá nadie ha leído o muy pocos, no se comprende si viviste tantos años en el país, fuiste profesor en más de una universidad, te casaste con una dominicana y tus hijos son italo-dominicanos y cuando hablas de nuestra.
GDP.- En cuanto a mi familia, conocí a mi esposa en Canadá, donde estudiaba. He estado casado sólo una vez. Soy de esos hombres que toma una relación en serio y se queda con su pareja de por vida. Es lo que hizo mi padre. Y también mi abuelo y, supongo, hasta mi bisabuelo. Mis dos hijos, Franco y Paolo, nacieron ambos en Santo Domingo. Así que el único extranjero en la familia soy yo.
Cuando llegué a Santo Domingo, los primeros años los viví esencialmente como un turista. Entraba y salía fácilmente del país y regresaba regularmente a Canadá y me pasaba el verano en Italia. A los pocos meses de llegar al país, empecé a darme cuenta de la miseria que existía y que no había futuro de verdad. Añoraba Canadá y mi vida como profesor universitario allá. Quise dejar Santo Domingo y regresar a mi acostumbrada vida, pero no fue posible. Me dije entonces que me quedaría algunos años y los aprovecharía para aprender español. Pero, como siempre en la vida, las cosas se fueron complicando y tuve que quedarme indefinidamente. Terminó mi vida como turista cuando llegó la crisis a mediados de los años ochenta, y, al hacerse imposible mi regreso a Canadá, me encontré ya atrapado en el país. Puesto que tenía que vivir ahora como dominicano, con todos los problemas que esto implicaba, decidí entender el ambiente en que me encontraba y traté de hacerlo a través de la literatura, lo que era normal para mí. De ahí mi interés en la novelística. Ya que había hecho una tesis de doctorado sobre novelística, pensé que sería bueno meterme de lleno en la lectura de la novela dominicana.
Mientras tanto, como profesor en la UASD, me di cuenta de una vez de la infravaloración de los jóvenes estudiantes, muchos de ellos de escaso recursos. Con ese sentimiento encima, difícilmente iban a llegar a tener mucho éxito en la vida. Me pregunté, entonces, de dónde venía esa actitud, y descubrí que no tenían mucho conocimiento de su propio país, muchas veces lo despreciaban y tenían entendido que era poco lo que había de valioso en su literatura. Las clases de literatura que tomaban en Letras eran esencialmente una sarta de nombres, fechas, títulos y eslóganes vacíos, repetidos y tomados prestados del marxismo. El primer día que entré en un salón a dar clase de literatura norteamericana, me acuerdo que empecé a hablar, obviamente en inglés, y un estudiante de repente se levanta y me dice que ellos no entendían nada y que era el idioma del imperialismo yanqui. A lo cual contesté que yo era canadiense y que, si se quiere ganar una guerra, hay que entender al enemigo.
De ahí en adelante me dediqué a dar mis clases de una forma muy diferente de cómo las daba en Canadá.
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EL PROFESOR EN LA UASD
Mis cátedras de la UASD implicaban la necesidad de entrar en los contenidos de una obra literaria y relacionar esos contenidos con la sociedad que la había producido. Mis análisis, pues, estaban siempre dirigidos hacia una moraleja social y moral a la vez. Social, porque estaba usando el texto para brindar un mensaje de aliento a mis estudiantes porque entiendo, que sólo el que se supera en lo individual tiene posibilidades de superarse después en lo social. Yo mismo me sorprendía del atrevimiento de mis análisis de los textos, fueran poemas, cuentos, teatro o novelas, ya que hacía de todo. Con el tiempo, empecé a decirme que sería interesante si lograra meter esos análisis que hacía en clase en forma de ensayos. Yo creo que todo mi método crítico, al cual se le tacha de “contenidista” y de “moralista”, se remonta a estas experiencias. De ahí, y también de la profunda inconformidad que siempre sentí hacia los métodos que nunca discuten las ideas delos textos literarios, sino que se quedan en la mera epidermis, que son pura “plomería”, como digo. A mí, por ejemplo, en una ocasión me tocó tragarme dos horas de seminario sobre un poema de Leopardi donde los profesores discutían por qué aquí el poeta había usado una coma, pero en la otra versión un punto y coma. Juré que, cuando llegaría a dar clases, no haría nada de eso, sino que iba a explicar el sentido del texto, subrayar la relevancia que podía tener en la vida de un lector o del estudiante.