Religión/Senderos 29 Enero 2012
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REFLEXIÓN
Porque hablaba como quien tiene autoridad
María Isabel Lebrón de Pastor

Aquel sábado Cristo asistió como de costumbre a la sinagoga y allí empezó a enseñar frente a los Escribas y Fariseos, quienes eran  las  personas dedicadas  a las sagradas escrituras,  maestros de la ley, que inspiraban respeto por su sabiduría. Todos se admiraron por el método y doctrina que exponía Jesús; quedaron sorprendidos de ver, oír y experimentar una presencia que jamás habían sentido.

¿Quién podía interpretar las escrituras, que eran palabra de Dios, con autoridad propia? No estaban escuchando a otro ser humano lleno de orgullo y pecado. ¡Las enseñanzas de Jesús no eran como la de los letrados! Él hablaba con autoridad, hablaba por experiencia propia y con la convicción del que cree lo que dice. Hablaba con la sabiduría de Dios, palabras simples, llenas de significado para que todos pudieran entender. Detrás de las palabras de Jesús estaba el poder de Dios. Esas palabras que tienen poder de crear, sanar, perdonar y cambiar vidas. Lo que escuchaban eran palabras directas de la boca de Dios,  palabras de vida.

Esa autoridad fue reconocida  inmediatamente por el “espíritu malo” que habitaba  dentro de un hombre en la sinagoga. Ese endemoniado revela la identidad de Jesús, porque sabe que esta frente al Mesías, al ungido de Dios. Cristo lo mandó a callar y lo hizo salir, devolviéndole su condición de hombre libre; el espíritu malo obedece y el milagro se hizo.

Hechos 1-8 nos dice: “que la autoridad viene de Dios, y para tenerla hay que haber recibido el Espíritu Santo”.

En mi Cursillo de Cristiandad aprendí que nosotros los bautizados somos hijos de Dios y que hemos recibido el mismo Espíritu Santo que actuó sobre Jesús. Eso me convierte en hija amada de Dios, con el poder de vivir una vida de santidad. Dios me ha regalado el poder de hablar y enseñar sobre esas palabras que liberaron al paralítico y que hoy día siguen liberando al que las escucha y las recibe en su corazón. Aprendí que tengo el poder de transformar, fermentar y llenar de evangelio mi familia, mi trabajo y mi ambiente. Que sin obediencia, no hay autoridad. Y que Cristo cuenta conmigo.

Es importante reflexionar sobre lo que Dios quiere con nuestras vidas. Él es el único con poder para transformarnos. Y ahora te pregunto a ti, hijo de Dios: ¿Qué esperas para anunciar el Evangelio?

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