La “normalidad” de François Hollande ha sido durante meses tema de conversación en Francia luego de 5 años de un Nicolás Sarkozy que amaba el relumbrón, hacía de todo y procuraba dar la impresión de ser omnipresente y omnipotente.
El derroche personal, muy condenado por la sociedad francesa en sus funcionarios públicos, se hizo noticia de todos los días con Sarkozy y el avión de lujo que compró para su uso durante la Presidencia, los yates suntuosos en los que navegaba junto a su esposa, la supermodelo Karla Bruni, sus vínculos con escándalos sobre campañas de descrédito, fondos de campaña recibidos fuera de la regulación y otras. Sus excesos llegaron a saturar a la opinión pública francesa.
La austeridad, la sencillez, la tranquilidad y, más que nada, la “normalidad” han sido los estandartes de Hollande en la campaña y en algunos primeros pasos tras ganar la presidencia de Francia.
Comenzó por reducirse el sueldo y el de sus ministros.
Decidió usar el tren cada vez que fuera posible y viajar en vuelos comerciales. Se detiene en los semáforos y decidió que la Presidencia solo hablaría de cuestiones de Estado, y no protagonizaría la agenda del día de los ministerios.
Algo así como que al presidente no le corresponde inaugurar canchas deportivas, lanzar libros, hablar de desayuno escolar, tormentas de nieve o el tráfico.
Que el Estado dé el ejemplo ha sido la propuesta del socialista Hollande, que ha llevado al binomio Alemania- Francia el debate, algo que hasta el momento extrañaba la Unión Europea.
Si creen que hablo de nuestra realidad, no es coincidencia.
Sé bien que no estamos en Francia. Y que la testosterona dicta aquí muchos de los códigos de conducta.
Pero no está de más soñar con lo que nunca se ha hecho.