José Rafael Lantigua, y no me refiero al Ministro de Cultura, sino a mi entrañable amigo de años, puso en circulación el pasado jueves su más reciente libro: La Palabra para Ser Dicha.
La obra recoge parte de sus artículos de veinte años (1983-2003) y la mayoría de los mismos se relaciona con el quehacer literario que cautiva al autor y del que ha sido un excelente exponente criollo.
Sin embargo, en otros artículos José Rafael demuestra que en ciertos momentos ha querido romper algún eslabón de la cadena que lo une a la literatura y, sin separarse por completo de la misma la enlaza magistralmente con recuerdos de su niñez como en Panegírico a Buche; con sus simpatías musicales en La Importancia de Llamarse Daniel Santos; con la vida light, en Rubirosa, un Mito de la Modernidad.
“Todos vamos a Nueva York” (1992) es la interpretación del sueño dominicano con la gran urbe; nuestros inmigrantes creando sus historias en el Bronx y en Manhathan, entre los acordes de un merengue a todo volumen en una vieja radio y el intenso movimiento de un Nueva York que no duerme.
Con la insustituible importancia de la figura materna está María de los Jazmines en honor a la madre de José Francisco Peña Gómez y con inquietudes políticas escribe El Poder y los Intelectuales, de 1989, año en que Balaguer ejercía el poder. Este me llamó particularmente la atención.
Deduzco que en aquella época, en la que José Rafael tendría algo más de tres décadas de vida, su mente estaría repleta de interrogantes en torno a la figura del anciano líder reformista que en ese período constitucional ejercía el poder en forma diametralmente opuesta al ejercicio de los tristes Doce Años.
Y Lantigua, que ya en ese 1989 podía exhibir Premios Nacionales recibidos por sus obras como escritor y periodista dejaba traslucir sus pensamientos, sentimientos e inquietudes en torno al papel de los intelectuales frente al poder.
De ahí sus expresiones de que “el poder es la negación de la imaginación; soporte de incondicionalidad prevaricadora; terreno infructuoso que manipula y desorganiza”
El artículo, interesante por demás, transcribe la opinión de cuatro grandes (Sartre, Carlos Fuentes, Ehrenburg y Mauriac) sobre el papel de los intelectuales ante el poder. Opiniones lapidarias.
La Palabra para Ser Dicha es un desfile de realidades y sueños; de personajes, de situaciones, de sentimiento nacional.
Algo hay que no perdonaré jamás a José Rafael: la desaparición de Biblioteca, el suplemento que durante 20 años cumplió una labor difícil de igualar y cuya ausencia duele todavía en el alma de todos los que sabemos que La Palabra bien dicha es la mejor expresión de las ideas y el arma más poderosa.
Felicito de corazón a José Rafael por esta nueva entrega en la que con ese estilo tan suyo de escribir conjuga, magistralmente, la sencillez y la elegancia.