A menos de cuatro semanas de las elecciones presidenciales, la percepcion generalizada es que la competencia sera bastante cerrada, donde la pequeña franja crítica de la sociedad, aquellos indecisos que no tienen compromisos, los indignados que no creen en los políticos y arrojan el voto de castigo, los que viven horrorizados por la falta de institucionalidad que ven el peligro de la dictadura institucional, y los atemorizados por la inseguridad creciente en todas las áreas, la unión colectiva de estos segmentos que representan un aproximado de un 30%, su inclinación favorable sobre uno de los candidatos muy bien puede decidir su victoria electoral.
Cada día más, el período del escenario electoral se acorta para los partidos, los candidatos y la Junta Central Electoral. La población empieza a sentirse cansada, buscando el sosiego para conseguir el camino adecuado en medio del laberinto en que nos encontramos, sin observarse una diferencia ideológica ni programáticas, además de que han utilizado recursos que han generado situaciones que desbordan el marco de lo natural, haciendo que los propios partidos difícilmente reaccionen.
Se percibe la impresión de que la situacion se ha agravado últimamente, por la alteración extrema de ánimo causada por el estrecho margen que existe para merecer ponerse la banda tricolor.
Estas últimas semanas serán bastante hostiles por la violencia del verbo que vienen cargadas por los actos de desesperación política, aumentando su interés por las denuncias -ciertas o no- de corrupción y la divulgación de las grabaciones telefónicas escencialmente dirigidas al entorno del candidato principal de la oposicion, buscando eliminarlo con acusaciones y no con argumentos.
Penosamente la historia juzgará esta campaña de enrarecida y absurda por la falta de seriedad y muy especialmente avalada por la ausencia absoluta de la verdad.