El nuevo matiz de la campaña es el de las conspiraciones. Primero, la trama denunciada por los gobiernos dominicano y haitiano sobre la supuesta incitación de parte de Pepe Goico para desestabilizar el gobierno de Martelly. Ahora se suma la denuncia aún más grave de diputados perredeístas sobre un supuesto plan para asesinar a Miguel Vargas. Sin entrar al debate de dónde termina la realidad y dónde inicia la exageración, ambos casos se prestan a análisis, al drama y, sobretodo, a la distracción política. Pero hay un elemento común más allá de las conspiraciones: las misteriosas grabaciones que sirven de base a ambas denuncias.
La situación de las intervenciones telefónicas o de correos ya fue tema de primera plana con el caso de los Gómez. Sin embargo, nadie parece inmutarse ante el hecho de que funcionarios y políticos presenten denuncias basadas en grabaciones que “han llegado a sus manos”. La ilegalidad de las intervenciones pasa desapercibida ante los contenidos escandalosos que de allí derivan y nadie parece importarle la fuente de tales materiales.
En definitiva, todo parece ser parte del sistema. Un sistema en el que todos escuchan a todos en búsqueda de informaciones y conspiraciones. Resulta extremadamente preocupante la tranquilidad con que se presentan y discuten las grabaciones que resultan de un práctica ilegal, perniciosa y destructiva. Parecería que la coletilla de “tener en las manos” una grabación exonera a intervinientes y clientes de la responsabilidad que se deriva de actos delictivos. Pero más aún, parece que los clientes se encuentran en todos los bandos y en todas las parcelas, lo cual garantiza un ejercicio de perpetuación.
El resultado de lo anterior es el nivel de complacencia ante violaciones olímpicas del derecho a la intimidad. Políticos, empresarios y militares se involucran y se unen. Se trata de un sistema donde la legitimidad de una denuncia queda envuelta en la ilegalidad de la intervención. Todo parece una vergonzosa adaptación del planteamiento célebre de Descartes: escucho, luego existo...
Pero lo importante no era como se consiguió, sino lo que aportaba. En ese mismo orden hay que tratar todos los casos para no desbalancear los conflictos politic