(Murió el 11 de febrero de 1650 en Estocolmo, Suecia)
En su obra “El discurso del método” (1637), René Descartes, filósofo y matemático francés, fundador de la filosofía moderna, aborda un tema trascendental de la época: la demostración de la existencia de Dios y del alma humana.
En este punto Descartes pone todo en duda, como base de todo conocimiento, para llegar a la verdad. Hay que partir de cero, hay que dudarlo todo, hasta la existencia de uno mismo. En su concepto, lo único claro es “cogito ergo sum”, esto es, “pienso, luego existo”. Esta premisa no se puede poner en duda. Admite la existencia del pensamiento, luego del cual comprueba la certeza de su propio ser, de su propia alma.
Ahora, Descartes cree poder llegar al conocimiento de Dios mediante la duda metódica. Pero, ¿cómo descubrir a Dios racionalmente, cuando se lleva la duda en el corazón? Pues, según explica, la duda implica una imperfección. Si esta idea de la imperfección es verdadera, también lo será la de la perfección, que, al no ser generada por un ser imperfecto, ha de provenir de un ser perfecto, es decir, Dios.
Ciertamente la razón alcanza hasta lo que puede entender en el mundo material, pero no explica el misterio de la divinidad; para eso nos hace falta una nueva potencia espiritual que nos permita comprender lo incomprensible. “El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios ñescribe San Pabloñ, pero Dios nos la reveló a nosotros por el Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”.