Ningún ser humano que conozca mínimamente la situación del planeta quisiera estar en su pellejo. La crisis alimentaria, el cambio climático que puede culminar con el colapso del planeta, las guerras de Iraq, Afganistán y Libia, la ebullición del mundo árabe y la caída de las bolsas y el creciente desempleo dificultan su triunfo en 2012.
Obama ofreció al mundo pasar la página y escribir un nuevo capítulo. Nadie puede aspirar a hacer algo nuevo con métodos viejos.
El presidente norteamericano es un hombre inteligente. Apuesta al único camino viable (desde la perspectiva del Poder): lograr reelegirse. Por ello las medias tintas para enfrentar la crisis económica. Por eso (y por los dos millones de barriles diarios de petróleo ultra ligero que produce) se embarca en la aventura bélica con Libia. Como no puede cambiar el mundo, busca quedarse en él mandando por cuatro años más.
Obama llegó con la idea de convertirse en el árbitro mundial. Sabe que a estas alturas es imposible. Se resigna a quedarse como policía, uno bueno, pero policía al fin y al cabo.
Casi tres años después de asumir el mando el presidente norteamericano luce avejentado (y no me refiero a sus canas y evidentes arrugas), se le nota en el discurso la conciencia de que el “Yes We Can” esperanzador, se convierte en un “Yo No Puedo” decepcionante. La economÏa, el desempleo y la reforma migratoria amenazan su estadÏa en la Casa Blanca.
La más reciente encuesta Gallup lo coloca en una situación difícil: apenas 39% de popularidad y empata o pierde con los tres punteros republicanos (Bachmann, Perry o Romney).
Todos creyeron a Obama un nuevo Kennedy. Sus primeras medidas apuntaban a un Rosevelt mulato. Las encuestas dicen que terminará como Carter. Animados por su milagroso repunte los republicanos parecen gritar a coro, dirigidos por el Tea Party: ¡Esa pela va!