Puntos de vista 2 Septiembre 2010
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DOMINICANEANDO
Ese viejo asunto de la reelección
José Miguel Soto Jiménez

El hombre y la máquina. La máquina y el hombre. El hombre detrás de la máquina. Según Herrera Luque, psiquiatra y gran novelista venezolano ya fallecido, “el caudillo pocas veces decide, otros lo hacen por él”. Caudillo como objeto de la masa o viceversa. ¿Quién manipula a quien? Es la masa la que conduce y de “carambola”, no los conductores. Los dirigidos dirigen “al fin y al cabo”, y hay en ello extraño negocio en curso: los seguidores le hacen creer al líder, devoción, cortesanía y adulación; la ilusión de que manda para imponer sus deseos y encontrar el pretexto necesario, el futuro culpable de todo.

El conductor adopta su papel con cara ceñuda o cara de “pendejo” ilustre, como si se creyera el cuento, y declara que “se debe a sus seguidores” cuando en realidad hay un trato “malgacho” en el que se aceptan y se toleran cosas mutuamente.

Por eso aquello que en ocasiones nadie entiende, pero ahí está todo el dilema de la cuestión, y como nadie manda solo, “el asesino, el ladrón”, el perverso y todo lo demás, está en el grupo que lo sostiene y lo propicia.

La “cosa” está en la ambición, en las apetencias y sus intereses, poderosos intereses creados, convertidos en razones de estado. Porque “el poder no se entrega”, coño, y “Liborio no come pendeja”.

No porque hay que servirle a la gente resolviendo los grandes problemas del país, sino porque “no se puede matar la gallina de los huevos de oro”.

“Prohibido joderse”. Hay que seguir en la cosa, porque se pierde el “tejemaneje” y se confrontan esos peligros tremendos de estar abajo.

Ah, esa bella época del tiempo sin historia. Quien mejor pinta el dilema de la “reelección presidencial” para explicar porque los que están siempre van y no se quieren bajar del palo, es el anecdotario de Lilís.

El cuento de la ahijada aquella, recién casada, en su noche de bodas que se encarama en lo alto del closet, y ni por el diablo quiere bajar del mueble para entregarse a su marido.

El novio desesperado que no la convence, ni la madre, ni el padre, ni nadie hacen que baje de donde está “encampanada”.

El padrino que la reconviene para que baje ya de una vez: “Mi hijita”, y cumpla con sus deberes maritales “porque eso no duele tanto, muchachita”, y ella, que le dice: “No señor, que no la baja de ahí nada ni nadie”, porque si se baja “la fuñen”, y el padrino que le trata de explicar la cosa sin remedio.

Leonel Fernández, con esta constitución no puede ir. Incluso hay un acuerdo político entre “corbatas iguales” para que no vaya. Pero “los acuerdos se hacen en este país para no cumplirse”, y la constitución es solo “un pedazo de papel” con vocación de reforma.

No importan los tiempos, ni las circunstancias; cualquier reflexión se la tragan los intereses creados de ese grupo que vive por y para el poder y sus beneficios.

El verdadero dilema ahora es sacar del tapete el tema en este momento por inconveniente. El asunto endiablado y travieso fue insinuarlo, mandarlo a soplar para tomar el pulso y coger la temperatura. Mandar a “meter el dedito ahí porque la cotorrita no está ahí”, para luego tapar con paja la cuevita, para ver si se equivocan.

Sacar el tema de circulación, para no provocar una cohesión de la oposición que no hace tal cosa, y está entretenida matándose entre sí.

La cuestión será después, con la mayoría en el Congreso, y todos los árbitros de un lado por eso mismo. Dejarlo caer “como quien no quiere las cosas”.

“Porque lo importante es seguir en el poder”. Seguir “chupando”. No solo porque habrá que “sacrificarse nueva vez por el país”, sino porque hemos demostrado ser lo suficientemente idiotas para creernos todos los cuentos de camino, para conformarnos con lo menos malo como premio “soquete” de consolación.

Lo importante ahora no es que vaya o no vaya. “Si quiere volver que vuelva y si no que no vuelva ná”, lo importante es que debemos concentrarnos para derrotar el continuismo. ¡Hay que volver a Capotillo!

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