Puntos de vista 27 Noviembre 2009, 11:43 PM
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TRIBUNA ABIERTA
Monseñor Moya: un sacerdote creíble
Padre Darío Taveras, MSC

Monseñor Jesús María De Jesús Moya llega hoy a un punto alto de su vida. Nació el de 28 noviembre de 1934 en Sabana Angosta, un paraje de Villa Tapia, anteriormente denominado La Jagua, que era parte de la Provincia de La Vega.  Sus padres, Gil de Jesús y Nicolasina Moya, procrearon 16 hijos, de los cuales 10 eran varones y 6 hembras. Aunque el apellido paterno es De Jesús, todos lo conocimos siempre como el Padre Moya. Hizo sus primeros estudios en la escuela rudimentaria o de emergencia “Ruth Ávila”, una de las mil escuelas  que fueron construidas por Trujillo en ocasión del centenario de la Independencia de la República Dominicana.  Allí realizó hasta el tercer curso y completó los estudios primarios en la escuela de La Jagua. Fue bautizado al mes siguiente de nacer, en diciembre de 1934, por Fray Francisco de Castro.

Su papá viajaba al Santo Cerro cada domingo donde seguía la catequesis que impartía el Padre Fantino y que él repetía luego en Sabana Angosta. Moya nos refiere: “la noticia más grande que yo recuerdo de mi  niñez, fue la muerte del Padre Fantino el 4 de julio de 1939 .Me impactó mucho”.  

Uno de los hermanos de Monseñor Moya, el Padre Ercilio, estuvo viviendo con el Padre Fantino desde el 1932 hasta el 1937 y de ahí pasó al Seminario Santo Tomás de Aquino, de la capital dominicana. “En 1947, yo sentí el llamado, nació en mi la vocación, pero como ya mi hermano estaba en el seminario, me dijeron que porqué yo no estudiaba otra cosa; pero yo insistí  en que quería ir al seminario para ser sacerdote”.  Ercilio fue ordenado sacerdote el 28 de junio del 1947.  

El Padre Ercilio tuvo una gran influencia sobre Monseñor Moya.  Con él acostumbraba  pasar sus vacaciones. Ordenado sacerdote,  el Padre Ercilio estuvo en La Romana, Cotuí, La Vega y en San Francisco de Macorís. “Estábamos en la Era de Trujillo y el Padre Ercilio tenía una gran preocupación social y le echaba la culpa del atraso en que vivía el país a la dictadura de Trujillo. La juventud de Tenares, donde el Padre Ercilio fue párroco en los momentos más difíciles de  la Era de Trujillo, le tenía mucha confianza y él escondió en su propia casa a muchos jóvenes perseguidos por la dictadura. Era valiente, y cuando le pedían una salve cantada  por la salud del Jefe, el respondía con su agudeza campesina: “¡Ay Dios!, ¿Para que siga matando gente?”. El Padre Ercilio falleció a los noventa años, un domingo de Ramos, después de celebrar la misa, el día 4 de abril de 1993, en Villa Tapia.

El joven Moya llega al seminario Santo Tomas de Aquino para continuar sus estudios de humanidades, filosofía y teología el 27 de septiembre de 1950.  Allí tuvo como compañeros a  Nicolás de Jesús López Rodríguez, Vinicio Disla, Toribio e Hirujo , entre otros. Durante esos once años de formación, una persona que lo marcó fue el Padre Manuel González Quevedo,  quien era el Director Espiritual del seminario y tenía una gran preocupación social por los pobres. También influyeron en él otros jesuitas: Padres Mariano Vásquez, Valle Llano, José María Uranga, Posada  y Mateo Andrés.

Monseñor Moya fue ordenado sacerdote en la Catedral de Santiago el 18 de marzo de 1961, por Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, primer obispo residencial de Santiago. Al día siguiente de su ordenación Monseñor Polanco lo envió a celebrar su primera misa en la Parroquia San José de la Montaña, en el barrio Baracoa de Santiago, en sus fiestas patronales.  Su primera misa de fiesta familiar la celebró  el 1 de julio de 1961 en la parroquia de Villa Tapia, que se convirtió en un semillero vocacional, dando a la iglesia veintidós vocaciones sacerdotales, entre ellos dos obispos (Moya y Rafael Felipe), y dos parejas de sacerdotes hermanos, los Disla (Vinicio y Juan Evangelista) y los González (Fredy y Timoteo).

¿Cuáles son las experiencias sacerdotales que Monseñor Moya recuerda con mayor agradecimiento? “haber pasado trece años en el Seminario San Pio X formando futuros sacerdotes, siendo a la vez vicario o párroco en Licey al Medio”.  Antes de llegar a Licey al Medio ejerció como vicario en la Catedral de Santiago y como capellán en la escuela de formación de maestros Emilio Proud¥homme y el Politécnico Femenino Nuestra Señora de las Mercedes en Santiago. Estuvo en Imbert, Puerto Plata, como párroco por seis meses antes de ir a trabajar al Seminario.

Antes de ser obispo de San Francisco de Macorís, Monseñor Moya fue obispo auxiliar de Santiago desde el 21 de mayo de 1977 hasta 1984. Monseñor Adames, de quien el era Vicario General de Pastoral, había convocado un programa de evaluación y programación de la diócesis llamado “Encontrémonos”,  y estando reunido con el clero en esta tarea en Cabarete, Puerto Plata, el Padre Moya recibió una llamada del Señor Nuncio de su Santidad, Monseñor Gravelli, que luego supimos, le comunicó el pedido del Papa de que aceptara ser Obispo Auxiliar de la diócesis de Santiago, que en ese entonces cubría también lo que hoy es diócesis de Mao, diócesis de Puerto Plata y la provincia de Salcedo.  

El 21 de abril de 1984 el Papa Juan Pablo II lo trasladó como obispo de la diócesis de San Francisco de Macorís, tomando posesión el 5 de mayo del mismo año. En los veinticinco años como obispo, ha habido un gran crecimiento en esta diócesis. Las parroquias pasaron de diecisiete a cuarenta y siete, los sacerdotes diocesanos de diez a cuarenta y seis. Crecieron los movimientos laicales y se fortaleció la Universidad Católica del Nordeste. Tiene noventa y dos diáconos permanentes ejerciendo en la diócesis, ect.

¿A qué se debe esta primavera en la diócesis del Jaya? Monseñor Moya lo atribuye a varios factores: “Monseñor López Rodríguez, había empezado con buen pie la proyección de la diócesis; había una larga labor hecha por los Misioneros del Sagrado Corazón,  quienes trabajaron desde 1936  las parroquias que dieron origen a la diócesis. Y además, Monseñor Flores, que administró por breve tiempo la diócesis, prácticamente se mudó a San Francisco de Macorís para impulsar las vocaciones sacerdotales diocesanas”.  

¿Qué ha sido para Monseñor Moya ser obispo durante estos 32 años?: “querer a la gente, descubrir los puntos positivos que hay en cada uno”, confiesa monseñor.  Y refiriéndose a los momentos difíciles al frente del obispado, añade: “San Francisco de Macorís es una ciudad joven, pujante, que se ha desarrollado mucho y en ella he vivido algunos momentos difíciles, sobre todo con las huelgas, con los jóvenes de aquí, a quienes hay que entender y orientarlos porque, por un lado, tienen razón en sus reclamos, pero no siempre utilizan los métodos correctos para sus demandas”.

La larga vida sacerdotal de Monseñor Moya podría verse reflejada en estos 4 pensamientos:

1. “No basta ser creyente, hay que ser creíble (Gilbert Cesbron).

2. Hay seres en los que uno siente la presencia de Cristo tan viva, que no nos permite dudar (Gabriel Marcel).

3. Dios aparece tanto como nosotros lo dejamos transparentar. Es inútil demostrarlo, basta mostrarlo. (Mauricio Zundel).

4. El hombre contemporáneo escruta con mas facilidad los testigos que los maestros, y si escucha los maestros es porque son testigos (Paulo VI)”.  

En verdad, Monseñor Moya es un gran obispo (“un obispo bueno”, dicen muchos) porque ha sido un  cristiano y un sacerdote creíble, con una combinación de virtudes humanas poco común: trabajador y sumamente organizado, amable y de convicciones fuertes, desprendido y austero, abierto a todos y cercano a cada uno, con su nombre y apellido. ¡Felicidades, Monseñor Moya, en sus bodas de platino!

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