Manuel Mora Serrano
He tenido la oportunidad de leer dos libros de memorias. El primero es la autobiografía de Mario Read Vittini ‘Trujillo de cerca’ y ahora, algo menos pretencioso, ‘Memorias de un abogado de pueblo’ por D. Antonio Guzmán López, editado por la Gaceta Judicial en su colección Testimonios, compilada por un hijo del autor, Fabio José Guzmán Ariza. Ambos memorialistas fueron abogados prestigiosos, nacieron, curiosamente, en lugares rurales de provincias. Read Vittini en Hatillo de la entonces común de San Cristóbal de la provincia Santo Domingo y Guzmán López en Los Tocones de Jayabo Afuera, Salcedo, de la provincia Espaillat, y los dos ejercerían y lograrían sus nombradías en otros lugares, Mario en Santo Domingo y don Antonio en San Francisco de Macorís. Don Antonio rindió su jornada en el 2001 y entonces pudimos expresar nuestro dolor con su pérdida y la gran amistad que nos unió, pronunciando el panegírico que aparece en el apéndice de la edición que comentamos. Son dos libros completamente opuestos.
Don Antonio tiene un estilo directo, diáfano, sencillo y hasta humilde, si eso fuera posible, con una secuencia fluida y entretenida. Nació en 1906 y vivió hasta los 95 años, habiendo padecido un balazo en el pecho por encontrarse en medio de una balacera entre políticos y abogados amigos suyos en el parque Duarte de Macorís; un vil ataque en un atraco en su residencia que lo inutilizó por mucho tiempo al fracturarse un fémur y una vida llena de grandes tragedias, incluyendo el incendio de su casa en Salcedo, a consecuencia del cual perdieron todo y tuvieron que empezar de cero, salvando la vida milagrosamente y habiendo salvado una maleta con las ropas de su hermano Moncito para que pudiera seguir los estudios y un desalmado se la robó, lo que prueba que aquí hubo pillos siempre.
Don Antonio, contrario a don Mario Read, nunca aceptó empleos públicos remunerados. Sirvió a su país y a su comunidad como miembro de diversas entidades nacionales y locales y del Rotary Club. Con gran visión epocal envió a sus tres hijos a estudiar a Canada y a U.S. A. y a la hembra a Santiago, al Colegio Sagrado Corazón de Jesús. Mario Read Vittini produjo un libro menos cuidado editorialmente, con muchos errores y repeticiones innecesarias, sin índice onomástico, donde si bien aparecen sus memorias, por encima de ellas está Trujillo en primer plano, como bien dice el título. Siendo Mario un orador fogoso, un escritor que incluso publicó versos, su estilo no es fluido ni corresponde a su fama de intelectual y de hombre público experimentado. A veces hasta se siente ‘el olor’ trujillista en su afán de demostrar que su coterráneo, si bien cometió los desmanes y los crímenes que se dicen, tiene cierto balance positivo en su obra de gobierno y en las cosas que logró en 31 años. Eso lo mantiene y lo repite en varias partes del texto, lo que le quita a su obra ese encanto novelesco que tiene la de D. Antonio Guzmán López.
Este último confiesa que fue tartamudo y que no era buen penalista, destacándose como el más distinguido civilista de la región. No era hijo de una familia rica ni tuvo una juventud florida como Read Vittini y se quedó en su segunda patria chica, en San Francisco de Macorís, de ahí el título de sus memorias, casando con una de las bellas damas de aquella sociedad, doña Asia Ariza y ejerciendo, primero con una de las grandes lumbreras del Derecho en todos los tiempos, don Pelegrín Castillo Agramonte y luego, cuando aquel coloso murió en Francia asqueado de lo que avizoró como una tragedia enorme para su país, lo hizo solo, hasta que tuvo la gran satisfacción de que su hijo Fabio, tan metódico y organizado como él, que había sido en algún momento medio hippie, graduado en ciencias y humanidades, se interesara por el derecho y se hiciera cargo del bufete, ampliándolo y convirtiéndolo en uno de los más prestigiosos de la República, con oficinas y bufetes que llevan el Guzmán delante, en Santiago, Sosúa, Las Terrenas, etc.
Como simple lector debo señalar que mientras las memorias de don Antonio las devoré como una novela de suspenso, lo de Mario Read, lamentablemente, no llenó mis expectativas de amante de la buena prosa, y de admirador y amigo del autor, aunque hay páginas excelentes y anécdotas originales que permiten una visión diferente del monstruo de la Casa de Caoba.
Recomendamos la obra del licenciado Guzmán López como un ejercicio lúcido y espléndido del lenguaje común para contar las ocurrencias de una vida. No hay galanuras de estilo ni búsquedas para impresionar al lector, sencillamente cuenta episodios de su vida y al mismo tiempo nos dice cómo era el país en esos años que van del principio de siglo a entrados los cuarenta, con algunas notas, a veces humorísticas, otras veces lapidarias. La recomiendo como lectura literaria y ejemplo de cómo se puede ser interesante y ameno escribiendo como se habla, llanamente, sin aspavientos líricos, en forma natural. Leyéndolo me parece verlo mientras gesticulaba. Pocas veces en mi vida de lector he disfrutando tanto unas memorias.