Miércoles 19 de Junio, 2013 Santo Domingo
Puntos de vista
¡Cosas veredes, Sancho!

Uno de los argumentos esgrimidos para justificar la designación con el nombre de Porfirio Rubirosa un torneo de Copa  de  Polo en California, lo fue que el señor Rubirosa había sido Embajador de nuestro país. La ignorancia de la funcionaria del Ministerio de Turismo que se expresó en esa forma (luego destituida correctamente), es de dimensiones colosales. Le habría bastado saber que los embajadores del tirano Trujillo, salvo honrosas y calificadas excepciones, eran agentes del espionaje trujillista, y una de sus funciones esenciales lo constituía el seguimiento de las actuaciones, declaraciones y planes del exilio antitrujillista. Al respecto hay numerosos registros de comunicaciones y reportes de los embajadores de Trujillo.

Fue un reporte de una distinguida abanderada de los derechos de la mujer, Embajadora de Trujillo, el que sirvió de base para el secuestro y posterior liquidación del escritor vasco Jesús de Galindez. Fueron los reportes de Embajadores en Centroamérica y el Caribe, incluido México, los que fundamentaron acciones criminales de Trujillo contra sus opositores. Porfirio Rubirosa fue el último embajador de Trujillo en Cuba. Lo sorprendió el triunfo de la Revolución Cubana, ya que Trujillo pensaba que el dictador Fulgencio Batista todavía tenía  fuerzas con las cuales resistir el asalto de los guerrilleros de Fidel Castro, y en función de ello, había suministrado armas para la defensa de su alicaída dictadura. En un mismo cubículo diplomático en La  Habana coincidieron el embajador Rubirosa y el jefe del Servicio de Inteligencia Militar de Trujillo, el sádico y cruel coronel Johnny Abbes García, quien cumplía órdenes especiales de la tiranía. Solamente  la confusión creada con la caída de Batista, el pueblo en las calles y la entrada a La Habana de Fidel Castro, ocho días después, impidió que los cubanos apresaran a ese par de bandidos que lograron escapar por vías irregulares  de la capital de Cuba. Rubirosa no era un inocente “play boy” que deslumbraba a las mujeres más bellas del mundo con sus atributos físicos, lo cual no es motivo de ningún orgullo nacional ni patriótico, sino un agente trujillista que cumplió diversas funciones a nivel internacional en pro de la dictadura.

Su nombre está  asociado a acciones delictivas, comprometidas con actos deleznables. La enemistad de Rubirosa  y el hijo mayor de Trujillo, Ramfis, estuvo determinada por la huída de Ramfis el 18 de  noviembre de 1961, dejando en la estaca al embajador Rubirosa, quien por instrucciones de Ramfis, hacía gestiones para que Estados Unidos y la OEA levantaran las sanciones comerciales y diplomáticas impuestas a la dictadura por su participación en el atentado contra el presidente Betancourt de Venezuela. Rubirosa había logrado a través de sus vínculos con el cuñado del presidente Kennedy, Peter Lawford, y del clan mafioso del cantante Frank Sinatra, así como de una entrevista con el padre de los Kennedy, Joseph P. Kennedy (quien fungía en ese momento de asesor del Presidente), activar sus influencias para que se tomara en cuenta la petición de Ramfis a cambio de ciertos compromisos que el embajador Rubirosa no reveló cuando acusó a Ramfis de cobarde y de haberlo dejado actuar como un tonto, mientras ganaba tiempo para la fuga de Santo Domingo. Debo decir que ambos murieron enemigos por esa causa. Mientras Rubirosa se movía en Washington con sus “amigos” allegados a Kennedy, una comisión patriótica integrada por Manolo Tavárez Justo, Leandro Guzmán,  Vinicio Echavarría, Viriato Fiallo y Luis Manuel Baquero, del 14 de Junio y de Unión Cívica Nacional (entre otros), hacían lo contrario, pedir a la OEA que mantuviera las sanciones hasta que los Trujillo abandonaran el país. Dos ejemplos contrapuestos que  deben servir de orientación cultural a muchos de nuestros funcionarios.    

Me llama la atención la coincidencia entre la actitud de Trujillo y la funcionaria de Turismo que incurrió en esa cuestionable dedicatoria del evento deportivo a Rubirosa.  Trujillo auspició la fama de Rubirosa como amante internacional (digamos que no la objetó), y promovió su principalía en los escenarios mundiales. Cuando le tocó justificar la designación con el nombre de Rubirosa de la Copa de Polo, de California, la ex funcionaria no se imaginaba, que medios de comunicación como “El País” de España dedicarían una página completa a reseñar la dedicatoria del evento con el nombre de Rubirosa, destacando las medidas de su órgano sexual, valorando al embajador no por sus méritos de Embajador,  de corredor de autos o campeón de torneos de polo, sino por su condición de vividor, chulo y excrecencia social. Hay que estar vivos para ver, por ejemplo, a Trujillo y la funcionaria de Turismo, orgullosos en tiempos diferentes, del embajador Rubirosa. ¡Cosas veredes, Sancho!