La Vida 9 Mayo 2012
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MEMORIAS DE VIAJES
¡Ya estoy en Viena!
Carmenchu Brusíloff
menudocb@yahoo.com

Tras el carreteo, y con cierto retraso a consecuencia de la huelga general que afecta España (29 de marzo de este año 2012), despega el avión de Iberia con destino a Viena. Unas tres horas después, y un cómodo viaje, aterriza en el Aeropuerto Internacional. Ya con mi maleta a rastras busco un cartel con mi nombre, o con el de la operadora de tours cuyo representante ha de estar esperando. Me acerco a todo el que muestra visible un cartel, hasta descubrir el que me corresponde: Sato. El joven me pide esperar. Vienen otros cuatro pasajeros que, como yo, adelantaron un día la llegada.

Alojada en una habitación amplia y bien iluminada del primer piso, en el Hotel Imperial Riding School de la avenida Ungargasse, lo que primero me impresiona es la iglesia ortodoxa griega que, con su llamativo contraste de colores y cúpulas acebolladas, se levanta a muy corta distancia de la entrada del hotel pero a un nivel más alto. A una recepcionista de turno pregunto cómo ir al Palacio de Belvedere, que está muy cerca. La letra del plano que me han dado es tan chiquita que sin lupa difícilmente leo las palabras. En inglés explica: doblar a la derecha en Ungargasse, seguir de largo junto a Burger King (¡ay la globalización!), y en la avenida donde se cruzan los rieles del tranvía, doblar a la derecha. Salgo a la calle y  empiezo a titiritar. Tengo descubierta la cabeza, mientras a mi vera varias mujeres y niños llevan sobre las suyas gorro de lana. No suponía que hacía tanto frío. Retorno a buscar otro sweater y gruesa bufanda. (Mis gorros los dejé en Santo Domingo. Tendré aquí que comprar uno). Protegida de la gélida temperatura, me desplazo por la calle Rennweg, a la búsqueda de Belvedere. Pero no aparece. Perpleja, acudo a una joven con un niño pequeño en un coche. “¿Belvedere?”, pregunto levantando mi mano con gesto interrogante.  Su reacción me deja de una pieza: sale corriendo. Me pregunto si la habré asustado cuando la veo detenerse ante un portal y, hablándome en alemán que no comprendo, extiende el brazo hacia la izquierda y  señala a lo lejos. Imagino es Belvedere. En la única palabra que conozco de su idioma, y que pronuncio como “tankeshé”, le doy las gracias. De pronto, dándose cuenta que se acerca el tranvía, corre de nuevo a la parada. A punto estuvo de perderlo por hacerme un favor. Admirando el paisajismo del jardín, inicio por su cuesta el ascenso, pero azota de tal manera el viento que me impide caminar. Las piernas parecen ser de plomo. Tomo la foto de una estatua y doy marcha atrás. En otro momento volveré a Belvedere. Según luego me entero, son realmente dos palacios: Alto Belvedere y Bajo Belvedere. ¡Impresionantes!

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