Cuando hablamos de un menor de edad comprometemos muchos factores. Sin embargo, ello se traduce de manera pura y simple en cuidado. Sin llegar a subestimar su capacidad de inteligencia, es necesario mantener siempre el ojo avizor sobre ellos. Restar importancia a los estragos que causa la falta de vigilancia le suma puntos a la inseguridad que atenta contra todos sin reparar en años, color de piel, preferencia política y religiosa, y muchos menos a la posición social.
Para conocer cómo debe ser la real protección de un infante, Carmen se trasladó a una ciudad fabulosa donde se encontró con que es extrema la vigilancia, tanto por parte de los padres como de los profesores, y las autoridades que velan por el bienestar de los infantes.
Desde que nace el menor, tiene plena garantías de llegar bien a su hogar. Nada atenta contra su inseguridad. Los robos en los centros de salud no se estilan.
No hay un solo caso registrado sobre un hecho de esta naturaleza; ni decir de sus primeros años. Los padres saben cuál es su papel y cumplen con él.
No hay que obligarlos a que se ocupen de su responsabilidad, pero en caso de que fallen, las reglas son claras y drásticas.
Esos menores deberán pasar a los centros infantiles especializados, dentro de los cuales recibirán educación, buena alimentación, y lo más importante el cuidado que, como menores de edad, se merecen.
Son pocos los niños que van a parar a esta institución, pues sus progenitores les dispensan un buen cuidado, tanto por el amor que se les tiene a los hijos como por temor a perderlos por desempeñar un mal papel como padres.
En la ciudad donde vive Carmen, es tan importante saber cómo realizar bien el rol de padre y de madre que estos son orientados debidamente antes, durante y permanentemente respecto a la forma de atender a los infantes.
Con las herramientas a la mano, les es fácil desenvolverse en el proceso de crianza de los pequeños. Saben que antes de los 18 años están bajo su tutela y que cualquier cosa puede pasar. Claro, con una buena formación les garantiza que luego de pasada la infancia y la adolescencia, aunque hay que mantener la vigilancia, no hay mucho que temer. Lo mismo pasa en República Dominicana, pero al revés. Aquí en los últimos tiempos se han registrado casos que han atentado no sólo contra las emociones de infantes, sino contra su vida.
Aunque no se puede asegurar con firmeza que haya descuido en esos hechos, nos asalta la duda cuando pasan estas cosas, sobre todo cuando las investigaciones envuelven a profundidad a los parientes.
Es una lástima que las leyes dominicanas no contemplen con drasticidad hacer justicia ante episodios que envuelven la infancia sin que los adultos responsables de su crianza estén en ese momento para protegerlos. Se tiene la convicción de que proveerles comida y mandarlos a la escuela es suficiente. No es así. Prestarles la atención necesaria para evitar que sean presa de la inseguridad que azota el país es un compromiso que los padres tenemos para contribuir, al menos, a reducir los casos de niños y niñas que están pagando pecados ajenos. Si no nos preocupamos y ocupamos, para verlos cuidados, tendremos que viajar a una ciudad fabulosa como lo hizo Carmen.