El juego de la política se encuentra al rojo vivo ahora que terminó exitosamente la temporada de pelota, con un rotundo triunfo para nuestro país.
Lejos está la época en que los poderes eran detentados sólo por las familias reinantes y los aristócratas. Hoy en día los aspirantes a la dirección del Estado pueden provenir de cualquier conglomerado. Los candidatos pueden ser ricos o no, tampoco importa su color de piel o su religión. Los antiguos requerimientos ya no valen ni se tienen en cuenta. Sólo triunfa el carisma, la preparación intelectual y el trabajo tesonero de un bien aceitado equipo de campaña. Las tácticas evolucionan, a tenor de las nuevas tecnologías. La campaña en el ciberespacio tiene tanto valor como aquella que se hace físicamente, trasladándose de un lugar a otro. La publicidad tiene un papel estelar, como nunca antes, pero ahora utiliza medios más variados. Ya no se limita a la televisión, la radio y los medios impresos. Las redes sociales se han convertido en trampolines ideales para llevar conceptos e ideas a las grandes mayorías. Las vallas anunciadoras invaden calles y avenidas, amenazando con engullirnos con los grandes tamaños y la cantidad que prolifera. Sin embargo, el hombre común que se ve asediado por el fenómeno político mediático, sólo tiene en cuenta un sencillo y pragmático principio: al país hay que darle un nuevo derrotero y un vuelco a la conciencia ciudadana para volver a los valores, a los principios morales y al progreso general honrado y ordenado.