Nueva Zelanda, un país con una naturaleza exuberante, se asienta entre las placas tectónicas del Pacífico y Oceanía y registra unos 14,000 temblores anuales, aunque Christchurch, ubicada en la Isla del Sur, se consideraba de baja sismicidad hasta que, en septiembre de 2010, un terremoto de 7.1 grados azotó la región, aunque sin causar víctimas.
El pasado 22 de febrero, a las 12.51 horas, un temblor de 6.3 grados en la escala Richter, con epicentro en la misma periferia de Christchurch, arrasaba el centro y el este de la ciudad, de 380,000 habitantes, dejando un trágico balance: 185 muertos, más de 1,500 heridos y 10,000 edificaciones dañadas.
“Frustración”, “impotencia” e incluso “rabia” son las palabras que más se repiten en boca de los vecinos, de los que muchos no podrán volver nunca a sus casas y ven cómo, un año después, todo el centro de la ciudad sigue cerrado a cal y canto, y aún quedan más de mil edificios por demoler, entre ellos los más grandes del distrito comercial y financiero de Christchurch.
El coste de la reconstrucción se cifra entre 13,000 y 20,000 millones de euros y está previsto que se realice en cinco años.
Para muchos, la reconstrucción supone una oportunidad para rediseñar la Christchurch del futuro como una “ciudad jardín” abierta a la naturaleza que la rodea y enfocada a la creatividad y la innovación.