Cuando ante un hecho inesperado tambaleamos y nuestra estabilidad se afecta, tendemos a desplazar en alguien nuestra angustia, pero nos arriesgamos al no obtener el resultado esperado. Es importante no ocultar los sentimientos de tribulación, rabia, dolor, decepción, desengaño y la ira que sentimos. Canalízalos y desahógate con familiares, amigos, consejeros espirituales y como puedas y quieras, para retomar la cordura. Es lógico esperar que los nuestros nos acojan hasta que pase el temporal, pero sin salirte de tu centro, pues todo volverá a la normalidad tan pronto pase el desconcierto. Date tiempo para aceptar la situación, y serenarte.
Buscar apoyo es sano, pero aunque ese alguien sea solidario no le impongas el peso para recuperar tu equilibrio. El aferrase a esa persona genera dependencia y afecta el vínculo. ¿Qué hacer? Busca el apoyo y recíbelo de quien lo hace de corazón. Hazlo sólo mientras digieres el golpe. Cuando aceptes lo sucedido y su efecto, comprenderás las cosas incorporándolo a tu realidad. Entonces conectarás de nuevo con tu espíritu, retomando tu vida y decisiones. De esa forma, recibirás la paz de Dios.