Al hacer pública mi edad, colocando la fecha de nacimiento en la contraportada del libro “Cosas de Duendes” y en las biografías que publicaron los medios que anunciaron su puesta en circulación, parece que cometí una falta imperdonable. El primero que me hizo ver que hacer público mis años se trataba de algo inusual en una mujer fue don Pablo Clase, corrector de la obra. “Mira, pusiste la edad”, dijo con un sonrisa. Le respondí que me parecía tonto cuando leía los datos personales de alguien donde se omitían los años, algo que ocurre, por lo general, en biografías de mujeres. La segunda vez que el tema volvió a aparecer, estuvo motivado por una acción curiosa de mi amiga y compañera de trabajo Marta Quéliz, editora de la sección La Vida.
Cuando Marta colocó la noticia que anunciaba la publicación del libro se tomó la libertad de omitir mi fecha de nacimiento. Me informó de su decisión antes de que la información apareciera. “¿Qué es eso de poner la edad en el periódico?” Me reclamó, “Yo te quité la fecha de nacimiento”, dijo. El acto de “solidaridad femenina” de Marta me hizo gracia. Le aclaré que no tenía problema alguno en hacer público los años que llevo andando por este planeta pero ella, fiel a su estilo, respondió: “No señor, mire...” con un gesto que daba risa. La nota salió sin la fecha aunque la medida llegó un poco tarde porque en otros medios ya había aparecido el dato. Y... los años volvieron a ser tema en el acto del lanzamiento del libro. En la biografía del doctor Rafael Molina Morillo, prologuista de la obra, inlcuimos su fecha de nacimiento. Al hacer uso de la palabra éste agradeció lo “completa” de la semblanza y señaló que se pudieron ahorrar el dato de cuándo nació.
Cuando me tocó el turno, el doctor Molina también observó que había incluido mi fecha de nacimiento y le respondí que así estábamos a mano. Pero la información echa pública provocó una protesta formal de dos de mis hermanas presentes en la actividad. Libertad y Vicky me reclamaron porque, no conforme con decir cuándo nací, además, ofrecía el dato de que era la menor de los cinco hermanos de mi familia. Lo que arrojaba un cálculo que no les favorecía. Aquel reclamo fue lo que me hizo pensar en escribir esta columna. Sé que todos lo hicieron a modo de chiste pero no deja de llamar la atención que a la mayoría le sorpenda el que una mujer no tenga reparos en decir su edad. Hemos vistos tantas biografías sin punto de partida, es decir, que no dicen cuándo nació la persona de quien se habla, que eso parece ya lo normal. Peor no lo es. No hay vergüenza alguna en los años que cumplimos.
La vergüenza está en los años que perdimos, en los que desperdiciamos, pero no en los vividos. Por otro lado, el maquillaje, las dietas, el colágenos los ejercicios o las cirugías disimulan pero no engañan a nadie. Al final, salvo milagros de la gen ética, todo el mundo sabe, o supone, por donde andamos en el calendario. Algo debo admitir, coloqué esa fecha consciente de lo que hacía. Sin dudarlo. Creo que se trató del conjuro contra un prejuicio que, como muchos otros, nos reprime en especial a nosotras las mujeres. Por suerte hay gente inteligente como un caballero que me soltó el piropo “yo no cmabio a esa doña por 2 de veinte”.