Era una hermosa mañana de verano. Luego de una semana lluviosa decidimos salir a disfrutar del sol y la belleza del mar. Camino a una cercana playa de la ciudad de Santo Domingo nos detuvimos en una estación de gasolina con el fin de reabastecernos.
Tenía perdida la mirada, viajaba muy lejos en mis pensamientos, cuando de repente aquella figura apreció ante nosotros. Su ojos color miel armonizaban perfectamente con su pelo castaño. Nos saludó tan amablemente que todos prestamos atención a sus palabras.
Era una jovencita, no mayor de 16 años. Al verla mi corazón se llenó de pena y angustia. Su discurso tan pulcro y cuidado me dio la impresión de que era mayor.
Con dulzura y detalle nos ofreció los productos que vendía.
Mi madre rechazó su oferta alegando que las mercancías eran para niños. Eso no apagó el brillo de su mirada llena de ternura e inocencia. “Gracias”, así se despidió de nosotros y por un momento sentí que se me partía el alma. ¿“Por qué nos agradece si no le compramos nada”?, musité.
La vimos alegarse con su paso alegre y tímido y pensamos en que tal vez aquellos productos podrían servir para alegrar el corazón de algún pequeño sobrino o primo. La llamamos y con paso firme se acercó.
Escogimos una pizarrita y ella nos regaló unas postalitas.
Luego de aquel intercambio, nos regaló una sonrisa, la misma que nos había ofrecido al saludarnos, la misma que había brindado al despedirse la primera vez, aun cuando no le habíamos compramos nada.
Aquella sonrisa la obsequió con palabras de gratitud.
Luego de unos días regalamos aquella pizarrita y las postalitas a Yadi y a Melanie, mis primas más pequeñas, quienes con asombro y regocijo recibieron aquellos modestos regalos con la fascinación y la gratitud que caracteriza a los niños.
En aquel momento recordé a la jovencita cuya delicada sonrisa y amabilidad brillaron en aquella mañana más que sol caribeño.