A sus 75 años y diezmado por los achaques, don José ya no puede correr muchos riesgos. Pero uno de ellos lo toma cada 30 días para cobrar su risible cheque de pensionado. Luego de esperar cerca de tres minutos el momento oportuno para cruzar la avenida San Martín en su intersección con la calle Moca, en la capital, no tuvo más remedio que atreverse a zigzaguear precariamente entre vehículos.
“En este país se ha perdido la cortesía”, expresa casi susurrando una queja ahogada por las bocinas de conductores presurosos y poco dispuestos a perder unos segundos para ceder el paso.
En el banco, don José también sufre con frecuencia las quejas de clientes molestos por el “privilegio” de no hacer fila. “Algunos dicen que todavía estoy duro y que puedo hacer mi fila. Si no tuviera tantos achaques la hiciera”, agrega.
La triste realidad de don José la viven a diario miles de envejecientes que se ven precisados a salir solos a las calles por variadas razones y que han visto agravar sus penurias en vías que han sido rediseñadas para facilitar la circulación de vehículos, pero en detrimento del peatón. Otros no han tenido la “suerte” de don José.
Gumersindo Peña, de 80 años, en su lecho del hospital Darío Contreras lucha contra su cabeza vacía de recuerdos y para recuperarse de las lesiones que sufrió en un accidente. No recuerda dónde fue atropellado y tampoco si tiene familia. Fue llevado por la Policía al hospital traumatológico, donde tiene tres meses interno con fractura en la cadera.
José Reyes, de 79 años, también recluido en el centro asistencial con lesión en la cadera desde el pasado 21 de enero, sólo recuerda que intentaba cruzar la calle Hernando de Gorjón, cerca del mercado modelo de la avenida Mella, cuando metió el pie izquierdo en un agujero.
El anciano sufrió fracturas en la cadera y en la misma pierna que se había roto en el año 2002. “Yo salí a coger aire porque sufro del pecho apretao y me estaba ahogando”, narra Reyes, quien solo recuerda que tiene una hija y que su esposa falleció hace cuatro años.
Drama
El director del hospital Darío Contreras, Héctor Quezada, explicó que el centro enfrenta un “vía crucis” con muchos de estos pacientes porque luego de curados no encuentran a sus familiares.
“Hay ocasiones incluso, muy frecuentes, que después que localizamos a los familiares de estos viejitos, entonces no los aceptan porque son una carga muy grande para ellos”, añadió.
Quezada precisó que la mayoría de esos ancianos, que son llevados al hospital por la Policía o el Cuerpo de Bomberos, tienen problemas mentales o la enfermedad de Alzheimer, por lo que no reconocen ni recuerdan nada.
“Aquí es normal que cualquier viejito se pase seis meses, un año en el hospital.
Y cuando tienen traumas craneales, hay una etapa sicótica en que el paciente no conoce nada, habla incoherencias y necesita la asistencia de sus familiares, entonces ahí en ese caso no se puede, porque no tienen familiares ni tienen quién los asista”, indicó.
Hace unos días fallecieron en el hospital dos indigentes con problemas mentales que fueron atropellados en las vías públicas, luego de permanecer tres meses internos en el centro, donde tenían que acostarlos en el piso para evitar que se bajaran de las camas y agravaran sus lesiones.
Quezada plantea que estos pacientes son una pesada carga social, humanitaria y económica para el hospital.
“En ese proceso de recuperación, ese paciente se va por cualquier sitio, rompe todo, destruye todo lo que está a su alrededor”, añadió.
José Manuel Tavares Montero, de 60 años, es otro interno sin familiares localizables.
Fue embestido por una yipeta que se subió a la acera cuando salió a comprar una comida cerca del parque Mirador Este.
Precisa que reside en la calle general Luperón del barrio Las Cañitas de la capital, y que tiene tres hijos y una mujer en Puerto Plata.
Tiene una semana interno, pero sus parientes no han sido localizados por el departamento de Trabajo Social del centro asistencial.
Mientras, Julio César Martínez, de 75 años, y postrado en la cama 4 de la sala H-3 del hospital, tampoco recuerda el más mínimo detalle de sus familiares y del accidente en que sufrió fractura de la cintura. Su cédula de identidad dice que reside en la avenida Isabel Aguiar número 109, en Herrera.
En una cama contigua a la de Martínez, José Ciprián Almánzar, de 64 años, por lo menos puede contar con la atención de su hija y recuerda perfectamente que fue chocado por una motocicleta cuando intentó cruzar la autopista Duarte, próximo a La Caleta. “Salí a comprar una cosa al colmado y cuando vine a ver, unos tigueritos en una motocicleta ya estaban encima de mí”, precisa Almánzar, quien recibe atenciones también por rotura de la cadera.
Centro intermedio
El director del hospital Darío Contreras propone crear un centro intermedio para atender a estos pacientes que quedan desamparados.
Quezada explicó que ese hospital no está en capacidad de manejar los problemas mentales de ellos, pero cuando intentan remitirlos al nosocomio Padre Billini no los aceptan porque exigen que llegue con un familiar. “Pero con quién van a ir si están abandonados”, dijo con impotencia el especialista en Traumatología.
Lamentó que en el país haya una tendencia hacia el abandono de las personas de la tercera edad, especialmente si se toma en cuenta que en esa etapa una apreciable cantidad comienza a padecer Alzheimer o demencia senil. Los envejecientes no escapan a otros males sociales. Don José está consciente.
“Ahora tengo que cuidarme de los carros y también de los delincuentes”, dice muy quedo al salir de la sucursal bancaria con la mano derecha apoyada en su bastón y la otra metida en el bolsillo para resguardar el exiguo dinero de su pensión.
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SE NECESITAN POLÍTICAS PÚBLICAS EFICACES
El presidente de la Sociedad Dominicana de Psiquiatría, José Miguel Gómez, consideró preocupante la cantidad de envejecientes que deambulan por las calles y avenidas del país sin propósito.
Explicó que hay tres tipos de condiciones en la “deambulación sin propósito” y cita en primer lugar el aspecto social, que son aquellos envejecientes abandonados por sus familias y que sufren la falta de políticas públicas que den respuestas a sus problemas.
En segundo lugar, citó aquellos viejitos con enfermedades orgánicas, y en tercero, las personas con alguna discapacidad que en la mayoría de los casos terminan como pedigu¨eños.
“A cuáles peligros se exponen los envejecientes que deambulan por las calles, primero maltratos físicos, porque hay gente que les tira un motor, una bicicleta, un carro. Y maltratos psicológicos porque muchas personas se burlan de ellos y les dicen palabras hirientes”, refirió el profesional de la conducta.
Gómez puntualizó que a esto se suma el maltrato emocional por la indiferencia y apatía de la sociedad hacia ese segmento de la población.
Sugirió destinar parte del presupuesto de Salud Pública a la salud mental, como se hace en Costa Rica, Uruguay y otros países preocupados por los envejecientes.
“Usted encuentra en esos países que los ayuntamientos tienen un personal con ambulancias establecidas en los hospitales de día o de noche, y recogen esos viejitos en la tarde para que no duerman en las calles y a la intemperie”, indicó.
Gómez dijo que en países donde se implementan políticas eficaces dirigidas hacia los envejecientes también existen los hogares permanentes, donde los viejitos sin ningún vínculo familiar reciben alimentación y una atención integral.
Sobre el descuido en la familia, argumentó que cuando el envejeciente pierde el vínculo familiar con sus hijos es difícil que un nieto, un sobrino u otro pariente se haga cargo de su cuidado.