6. La misión propia del sacerdote es la misma de Cristo: conducir los seres humanos hacia Dios, es decir, ser puente entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios. Por eso el Documento de Aparecida destaca la necesidad que siente el pueblo de Dios “de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad”.
II. Aportes de sacerdotes a nuestra identidad dominicana
17. Es aleccionador y muy significativo saber que desde el dramático encuentro de las tres culturas: la indígena, la española y la africana, la figura del sacerdote, a pesar de sus debilidades, siempre ha estado presente a lo largo de nuestra accidentada historia. Los sacerdotes se destacan, a lo largo de los siglos, por su indiscutible amor y dedicación a la Iglesia y a la Patria.
18. Desde la primera misa, oficiada en La Isabela el 6 de enero de 1494, son varios los hechos que convierten a La Española en cuna de la evangelización de América. Dentro de ellos debemos mencionar la labor misionera de los dominicos que, justamente ahora cumplen 500 años de su llegada a esta tierra. Es reconocida la obra educativa y evangelizadora de la comunidad dominica, y particularmente la defensa de los indios, quienes sufrían horrible opresión. Así se agigantaron las figuras de Fray Pedro de Córdova y Fray Antón de Montesinos. Al pronunciar este último, con el total consentimiento y apoyo de su comunidad dominica, el famoso Sermón de Adviento, escenificó uno de los episodios más hermosos y conmovedores de nuestra historia en procura de la defensa de los derechos humanos.
19. Dicho Sermón del 21 de diciembre de 1511 repercutió en la Corte Española de entonces, creándose leyes a favor de los indios, marcó un hito en la historia de la defensa de los derechos humanos y aún resuena hoy como una admonición, siempre presente, para todos los opresores del ser humano. El intrépido Montesinos comenzó identificándose con Juan el Bautista al decir “yo soy la voz que grita en el desierto”, frente a la conducta y la insensibilidad de algunos españoles; y con voz fuerte y profética les decía: “¿con qué derecho y con qué justicia tienen en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?”. La reacción de las autoridades locales a este pronunciamiento fue adversa, contrastando con la firmeza de la Comunidad de los Dominicos, que decidió repetir el mismo Sermón el domingo siguiente.
20. También es digno de mención para esa época Fray Bartolomé de Las Casas, otro dominico, que siendo primeramente encomendero, en el 1514 renuncia públicamente a sus posesiones y se dedica a promover la justicia en favor de los indios. Son muy bien conocidas sus apasionadas Cartas al Consejo de Indias, denunciando el trato despiadado a los nativos.
21. Más recientemente se han destacado otros connotados sacerdotes dominicos, tal como el Padre Vicente Rubio. Como una evidencia de esa gran labor, tenemos la hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo, Primada de América y la obra de mayor prestigio de los dominicos.
22. Esa misma titánica labor la reconocemos en otros sacerdotes misioneros de otras comunidades religiosas, quienes desde el inicio de la evangelización en esta tierra quisqueyana, han tenido un papel estelar en nuestra sociedad. Como muestra de lo que decimos, ahí está todo el trabajo evangelizador de los padres Franciscanos Menores y Franciscanos Capuchinos, quienes han tenido figuras sacerdotales muy relevantes y marcaban la diferencia con los colonizadores; hasta los mismos indios reconocían su caridad hacia ellos.
23. Digno de mención es también el protagonismo, que casi desde el inicio de la evangelización han tenido y tienen, los Padres Jesuitas; desde el comienzo de su labor apostólica fundaron el Colegio Gorjón, como una primicia de su gran aporte a la educación. Se destacan, además, por su labor social y misionera a lo largo de nuestra historia.
24. Como muestra en estos últimos tiempos, señalamos al padre Luis Mendía, en la frontera Noroeste; al Padre Ramón Dubert, en la línea Noroeste, pero sobre todo en Santiago. Los padres Constantino García y Antonio Sánchez en el campo de la misión popular; los padres Wenceslao García y Cipriano Cavero desde el Santo Cerro con su fundación de Radio Santa María; los padres Juan Montalvo, Jesús Veiga, Mateo Andrés, Carlos Benavides y José Luis Alemán en la educación; o bien, los padres Julio Cicero y Cipriano Quevedo con sus aportes a las ciencias naturales y a la cuestión social, respectivamente.
25. No podemos dejar pasar por alto a los Misioneros Canadienses de Scarboro con sacerdotes de la talla del padre John Harvey Steele (Padre Pablo), fundador del Movimiento Cooperativista en la República Dominicana; o bien entre otros muchos, la figura del siempre recordado padre Luis Quinn, cuya labor social y pastoral traspasó las fronteras de San José de Ocoa, comunidad a la que se entregó de cuerpo y alma.
26. Desde Canadá también llegaron los Misioneros del Sagrado Corazón, quienes se han encarnado muy significativamente en nuestro país. Tenemos de ellos testigos muy cualificados en el campo de la pastoral y la espiritualidad. Basta citar sólo tres de esta valiosa legión de misioneros: los padres Cipriano Fortín, Santiago Godbout y Emiliano Tardiff.
27. Si nos aproximamos a la labor de los sacerdotes diocesanos, nos encontramos con auténticos pastores, cuyo testimonio es de gran trascendencia. Tomemos, como ejemplo, al padre Francisco Xavier Billini y su amor a los más pobres, para los cuales fundó varias obras. Entre los muchos sacerdotes que constantemente se hacen presentes con su palabra y con su acción en defensa de la dignidad y el bien de la patria, cabe destacar las figuras de los padres Fernando Arturo de Meriño, Gaspar Hernández y Adolfo Alejandro Nouel.
28. Digno de reconocimiento es el padre Ángel Ayala, natural de Soto, La Vega, quien terminó el Santuario del Cristo de los Milagros de Bayaguana, y luego pasó 59 años en San Cristóbal, siendo uno de los fundadores de esa comunidad. Fue, además, uno de los constituyentes de la Constitución de San Cristóbal (6 de noviembre 1844), junto a otros sacerdotes. No podemos dejar de hacer mención, del padre Francisco Fantino Falco, por su labor de catequesis desde el Santo Cerro; su testimonio y labor evangelizadora perduran hasta hoy. Posteriormente, Monseñor Eliseo Pérez Sánchez, modelo de humildad y entrega, no sólo a los pobres y a su vocación, sino también a la Patria en sus momentos más cruciales. Participó con mucho esmero y devoción mariana, en la Comisión Nacional Pro-construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia. Recordamos también, a los padres Luis Federico Henríquez y Juan Francisco Brea, especialmente por su labor en San Francisco de Macorís; insignes pastores, educadores y servidores de los pobres.
29. Por demás, son muchísimos los sacerdotes de congregaciones, órdenes e institutos seculares, que cada día van sembrando paz, justicia social, comunión, desarrollo, integración, ya sea en la pastoral social, educativa, cultural, religiosa o familiar. Su testimonio y sus aportes, de gran trascendencia, hacen posible que la Iglesia Católica sea tan valorada en la sociedad dominicana.
30. Y si nos aproximamos a nuestros obispos, que ya partieron a la casa del Padre o a los que son eméritos, tendríamos mucho que decir de su incidencia y de sus grandes aportes a la Iglesia y a la sociedad dominicana.
31. Todavía está fresca en la conciencia nacional la postura firme y valiente de Mons. Francisco Panal, Obispo de La Vega, y de Mons. Tomás O’Reilly, Obispo de San Juan de la Maguana, en su enfrentamiento con la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. Ambos, junto con la Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano en 1960, contribuyeron a la caída de aquella férrea dictadura.
32. Cabe destacar muy merecidamente al primer Cardenal dominicano, Monseñor Octavio Antonio Beras Rojas, quien sirvió con esmero por muchos años a esta grey, impulsando significativamente el crecimiento de la Iglesia Católica en la República Dominicana.
33. Pensemos en Mons. Hugo Eduardo Polanco Brito, un hombre visionario, cuyas huellas están ahí muy visibles. Como muestra podemos señalar que fue promotor y primer rector de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, institución creada por la Conferencia del Episcopado Dominicano.
34. ¡Quién puede olvidar el testimonio de Mons. Juan Félix Pepén, en defensa de los campesinos y de la región Este! Y si nos trasladamos al Cibao allí encontramos a Mons. Juan Antonio Flores Santana, cuya autoridad evangélica trasciende el ámbito eclesial; un hombre emprendedor, que promovió la catequesis, luchó por la promoción humana, la educación superior y el fomento de las vocaciones.
35. Son conocidos por todo el país los aportes del recién fallecido Mons. Roque Antonio Adames Rodríguez, una persona innovadora y de gran visión, que supo redescubrir el valor de los diáconos permanentes y de los presidentes de asamblea, llamados también, “animadores de asamblea”. Hay que mencionar, además, su labor en el campo de la cultura, de la educación y del medio ambiente, siendo el Plan Sierra el mejor ejemplo en este campo. Pero también reconocemos la vida y la obra de otros obispos nuestros, como Mons. Ronald O’Connors, Fabio Mamerto Rivas y Jerónimo Tomás Abreu, cuya labor en la región sur y noroeste ha sido tan preponderante para el desarrollo, la promoción humana y la evangelización.
36. Nuestra sincera gratitud a Mons. Francisco José Arnáiz, S.J., por sus muchos años dedicado a la formación sacerdotal como rector y profesor del Seminario Santo Tomás de Aquino, por su ponderada labor en el campo de la reflexión cultural y teológica y como Obispo Auxiliar y Secretario por muchos años de la Conferencia del Episcopado Dominicano.
III. Qué esperamos de este año sacerdotal.
37. La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se tuvo en Aparecida, Brasil, al analizar la realidad socio ñ económica, cultural y religiosa de nuestros pueblos, llega a la conclusión de que estamos en “un cambio de época”, cuyo nivel más profundo es el cultural.
38. La realidad, marcada por grandes cambios de alcance global, impacta de un modo medular “la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión”; que a la vez “ha traído aparejada una crisis de sentido”.
39. Esto se manifiesta de un modo particular en el enraizamiento de un creciente individualismo que debilita los vínculos comunitarios y que lleva a dejar “de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos”, que afecta de un modo especial a la familia.
40. La “dictadura del relativismo”, tal como la llama el Papa Benedicto XVI, va creando un nuevo tipo de mentalidad que se expresa en el afán de dinero y de poder; en el pragmatismo y el consumismo, y de una economía de mercado que sólo ha servido para excluir a millones de personas, aumentando “la brecha entre los ricos y los pobres”; y todo eso ha ido debilitando los valores humanos, familiares, sociales, éticos y morales, generando a la vez inseguridad, delincuencia, violencia, crimen y corrupción, que amenazan la sana convivencia y la identidad de nuestra sociedad.









