SANTO DOMINGO.- Fue catedrático de la universidad de Yale y por muchos años director del Departamento de Medicina Nuclear del Danbury Hospital, en EEUU; también descubrió y estudió el caso de una comunidad hermafrodita asentada cerca de la ciudad de Barahona y dirigió a un grupo de investigadores tras la catástrofe de Chernobyl, Ucrania, en 1986.
El doctor Nilo Herrera Argüello fue casi venerado fuera de su natal República Dominicana y su muerte, ocurrida el 16 de septiembre pasado, a los 84 años (en Carolina del Norte), fue lamentada profundamente por la comunidad a la que dedicó gran parte de su brillante trayectoria.
Pero la vida de Herrera no es sólo el ejemplo del profesional admirable o del científico virtuoso, es la personificación misma del deseo de superación y de dedicación personales que lo llevaron de una niñez precaria en el batey Anacaona, en San Pedro de Macorís, donde nació, a estudiar en la facultad de medicina en la Universidad de Santo Domingo, primero, y a colaborar con las más importantes escuelas de Estados Unidos y la propia Organización Mundial de la Salud, después.
“Nilo se hizo médico contra viento y marea”, dijo a LISTÍN DIARIO Gustavo Herrera, su hermano mayor, de 87 años, al tratar de ordenar los recuerdos de una infancia feliz, de su paso por La Normal o su llegada a Santo Domingo, hasta su último viaje al país hace cinco años. “Él siempre fue muy inteligente”, comentó.
Nilo Ernesto Herrera Argüello nació el 27 de octubre de 1923. Sus padres fueron Nilo G. Herrera y Altagracia Argüello y tuvo seis hermanos. Cuando decidió que seguirá la carrera de medicina orientó todos sus esfuerzos hacia esa meta y no descansó hasta graduarse con honores en 1948.
Su tesis doctoral fue un estudio sobre un grupo de hermafroditas en Las Salinas, Barahona, que más tarde profundizaría el doctor Teófilo Gautier. Luego viajó a Estados Unidos a hacer un postgrado (una beca Fulbright lo llevó a Vermont), regresó tras la muerte de Trujillo en 1961 y volvió definitivamente a ese país a dar clases de patología en la Universidad de Yale, además de la Universidad de Médica de Nueva York y la Universidad de Connecticut.
Pero como dijo el Danbury News Times, el periódico que dio a conocer la muerte de Herrera hace un mes, fue en el Hospital de Danbury, en la ciudad del mismo nombre del condado de Fairfield, Connecticut, donde Herrera aportaría su mayor talento. Allí creó el primer laboratorio de patología moderna (incluyendo la instalación del primer sistema computarizado de datos) y entre 1960 y 1991 dirigió el Departamento de Medicina Nuclear (al morir era presidente emérito).
“Él era un genio”, dijo al periódico norteamericano el doctor Henry Blansfield, colega de Herrera, al referirse al trabajo de este médico dominicano y al de sus compañeros Joseph Belsky, Frank Kelly, Paul Kunkel, Benjamin Egee, Rápale Schwartz y Nelson Gelfman, todos promotores de la modernización del hospital.
“Cuando hablo con la gente de ese grupo, su nombre (el de Herrera) es reconocido siempre”, comentó también Carl Peterson, de Brookfield, ex vicepresidente de Marketing y Comunicación del Danbury Hospital.
Peterson señala que ese equipo notable de médicos impulsó reformas importantes en el centro para modernizarlo, mejorar las prácticas médicas, la enseñanza y los programas educativos para el personal, y vincularlo al circuito de investigación científica internacional.
“Herrera fue un visionario brillante”, dijo Kelly, presidente del hospital, al Danbury News Times.
La opinión de sus colegas fue tomada en cuenta por la Organización Mundial de la Salud cuando este organismo requirió su participación en 1988 para dirigir una investigación dos años después del accidente nuclear de Chernobyl, Ucrania, el peor que se ha producido en la Historia y que expuso a Europa a altísimos niveles de radiación por varios días.
Los resultados de la investigación, incluidos en el Reporte Técnico del Grupo de Trabajo de Neuherberg, Alemania, octubre 17-21, pudo determinar el grado de contaminación iónica en la zona y su incidencia en la población afectada. Además, permitió organizar laboratorios de detección y tratamiento de radiación para realizar evaluaciones y aplicar curaciones adecuadas en casos de accidentes radioactivos. “Cuando el equipo de trabajo (de Neuherberg) estaba reunido y se preguntaron quién debía dirigirlo, todos miraron a Nilo”, cuenta Gustavo Herrera, tal como lo supo hace algunos años y como lo recuerda ahora, un mes después del fallecimiento de su hermano menor. “Nadie dudaba de su capacidad”, agregó.
En la década del 40, doña Josefina Garrido, pensaba lo mismo. Ella fue quien auspició de alguna forma los estudios del doctor Herrera y de sus tres inseparables compañeros: Fanfán, Ludovino Angulo y Cabrerita, con quienes se juntaba en casa de la dama para pasar horas interminables estudiando medicina.
A los 20 años ya practicaba en el laboratorio del Padre Billini, en la entonces Ciudad Trujillo, y seis años después tenía un puesto en la nómina del Hospital Antituberculoso Infantil del Santo Socorro.
En 1947, un año antes de graduarse, contrajo matrimonio con Clara Ramírez, con quien procreó cuatro hijos. Se marchó a Estados Unidos y volvió al país en junio de 1961. “Él era antitrujillista”, recuerda don Gustavo.
La última vez que estuvo en el país (venía con frecuencia a su casa de descanso en La Romana) Nilo Herrera, que disfrutaba igual del golf y del baile tanto como de la fotografía y de la música clásica, le pidió a su hermano mayor que le diera un paseo por Santo Domingo. “Yo sé de qué voy a morir”, le comentó en esa ocasión, consciente de que el Alzheimer empezaba a socavar sus fuerzas.
“Fue la última vez que lo vi”, recuerda Gustavo Herrera, melancólico, con una fotografía de don Nilo aferrada a sus manos temblorosas.