Cierto y evidente, algo que no necesita discusión: Steven Spielberg es un señor que sabe hacer cine, algo probado desde que hizo con puros centavos “Duel”, y luego con unos pocos millones “Jaws”.
Pero también es cierto y evidente, y algo que no precisa de muchas discusiones: ese mismo señor Spielberg es capaz de irse de cabeza por un barranco para hacer más y más millones y, si está claro que ha hecho películas tan serias como “Munich”, mucho mejor cine que “The Schindler list”, pero que, al no decantarse con claridad por la causa judía como la famosa Lista, mientras esta última recibió 12 nominaciones al Oscar y ganó 6 estatuillas, la otra apenas recibió 6 nominaciones y no obtuvo premio alguno.
Culpas del tiempo son y no de España.
Y al hombre le encantan los temas sensibleros como lo demuestran algunas de sus más famosas: “E.T”, “La terminal”, los finales de “Schindler” y “El soldado Ryan”, la mansa tontería de “Always” y lagunas bobas en films incluso más serios.
El amigo Spielberg tiene más producciones que direcciones, porque en producción es probable que trabaje menos, porque invierte su dinero que tiene a espuertas, nada menos que 130, mientras en dirección tiene 50 porque se trabaja más, aunque, como es natural, es productor en sus direcciones.
Y ahora vuelve con la sensiblería más rosadita que pueda usted imaginar: nos sitúa en la segunda década del pasado siglo, un poco antes de comenzar la Primera Guerra Mundial, en una pequeña aldea de Inglaterra, Devon, donde una familia, los Narracott, el padre, Ted, la madre, Rose, y el adolescente hijo, Albert, tratan de sobrevivir en medio de deudas y con un terreno para arar no muy aprovechable. Y Ted, siempre algo borracho, se gasta el dinero que tiene para comprar una mula o un caballo de trabajo en un hermoso córcel, Joey, por lo cual es regañado por la esposa que aduce ese caballo no servirá para tirar de un arado, pero logra que el joven Albert se haga un adicto al Joey y hasta logre la primera heroicidad de toda una larga lista del alazán: tirar del arado como cualquier mulo.
Pero, claro, los sentimientos afloran, las lágrimas brotan a raudales porque no hay dinero para pagar cuando el sembradío se va al cuerno y, zas, el Ted vende el caballo para intenso sufrir suyo, de Rose y, claro, sobre todo de Albert, y lo vende no a algún hacendado cualquiera, sino nada menos que al ejército para servir en Francia dentro del fragor de una guerra.
No hemos de contar más, pero el caso es que este caballo, por mejor que fuera, no vemos el claro porqué del conseguir que todo aquel que la pasaba cerca se prendara de él y de sus más que maravillosas cualidades. Pero ese es el asunto: durante nada menos que dos horas y 26 minutos, al Joey del cuento habrán de pasarle tantas y tantas cosas buenas, pero sobre todo malas, muy malas, que todo aquel que se precia de ser una persona sensible habrá de llorar como viuda inconsolable.
Todo parece indicar que al señor Spielberg, a sus guionistas lacrimógenos Le Hall y Richard Curtis, y al autor de la novelita, Michael Morpurgo, se les olvidó un pequeño detalle: que en esa Primera Guerra murieron millones y millones de soldados alemanes, franceses, ingleses y, al final, norteamericanos, aparte de los muchísimos civiles de los tres países citados primero, o sea, que eso sí fue una verdadera desgracia generacional, que hubo, si hubo lágrimas a raudales en las cuatro naciones que intervinieron, lágrimas con verdadera causa de madres, hijos, esposas y hermanos. Pero de lo que se acuerda el famoso Spielbeg es de Joey, un caballo.
Naturalmente, no podemos negar que el film está bien hecho, que tiene muy buena edición, espléndida fotografía, la partitura del veteranísimo John Williams, pero, sobre todo durante el chistecito de las trincheras con ingleses y alemanes fraternizando para salvar al Joey con lluvia de corta alambres y todo lo demás, secuencia que le birlaran desvergonzadamente guionistas y director al francés Christian Carion de su hermosa /y diez veces mejor film “Joyeux noel” (Feliz Navidad), que para ese instante ya nosotros, tal vez ustedes, estábamos de caballo hasta las narices.