La vida son unas cuantas situaciones. Y la manera de afrontarlas define a quien lo hace, para bien o para mal. El personaje público proyecta cosas que no controla, y a veces casi no reconoce a aquél de quien están hablando y que, físicamente, es igual que él.
La clase política se enfrenta a un desgaste que significa desconfianza, y supongo que de uno en uno tendrían muchas cosas que responder. Porque a menudo tienen que soportar intensas vejaciones por enredos que ni siquiera les pertenecen. Y la impotencia de no poderte defender es inmensa, amarga y venenosa. El daño ya está hecho y es complicado controlar los ecos y las consecuencias.
Salen a flote una y otra vez. Los datos personales dibujan la caricatura del personaje e inevitablemente te alejan de él. O te acercan.
El Arzobispo Blázquez no sabía que Soraya Sáenz de Santamaría estaba casada por lo Civil (y yo tampoco).
Y se aventuró a decir off de record en una comida con periodistas, que no le parecía la persona más adecuada para dar el pregón de Semana Santa en la catedral de Valladolid. Menudo lío. Porque Blázquez susurró aquello convencido de que el código ético estaba por encima de un titular, y se equivocó.