La selección mexicana ha subido a lo más alto del podio olímpico, la primera vez que lo ha hecho, en uno de los mejores, sino el mejor, escenario para ello: Wembley, la referencia absoluta del fútbol mundial durante décadas y aún campo admirado y venerado por los amantes del fútbol de todo el planeta.
Los mexicanos, que adoran un deporte que nació aquí, en Inglaterra, están más que jubilosos y casi ni hubiesen elegido otro templo del fútbol mundial, el impresionante Estadio Azteca, como sitio para vivir un momento así.
Un oro olímpico es un oro olímpico y, siendo de fútbol, las Islas Británicas unas anfitrionas difícilmente mejorables. Y refuerzo de un oro que pasará a la historia. A la historia de México, por el hito de lograrlo y por ser el primero; a la historia de Brasil, por suponer el enésimo intento fallido; y a la del fútbol mundial, que ha presenciado una gran final en un escenario memorable.
Así se comprende la inmensa alegría de los jugadores mexicanos en un podio en diagonal que ocupaba medio campo de Wembley y ante la mirada de los presidentes del COI y de la FIFA, Jacques Rogge y Joseph Blatter, respectivamente, entre otras relevantes personalidades.
Y su baile encima de la tarima dedicado al público, con los brasileños al lado, desolados por perder una nueva oportunidad.
Historia conocida y repetida hasta la saciedad: alegría del campeón y tristeza del derrotado. Así es el deporte y en su máxima expresión los Juegos Olímpicos. Que en el apartado del fútbol siempre tendrán ya un hueco en su corazón para el 'tri', el equipo tricolor, la selección mexicana. EFE