La vida y la historia nos enseñan la sangre derramada por los pueblos en aras de alcanzar la libertad de expresarnos en las urnas y poder elegir sin ataduras las personas que queremos para dirigir nuestros destinos. Votar es nuestro derecho.
Pero si vemos la opresión que existe en otros países y nos comparamos con ellos podríamos concluir diciendo que no solamente tenemos un derecho, sino más bien un privilegio que siempre debemos conservar.
Sé que los malos gobiernos y los continuos desaciertos de los políticos hacen que la gente se desanime y no quiera votar, sobre todo cuando no ve esperanzas entre los candidatos y todos parecen lo mismo o cuando se piensa que gane quien gane todo seguirá igual. Y tienen mucha razón quienes así piensan cuando vemos que en la campaña política los candidatos se sostienen y rodean de personas cuestionables o cuando prometen cosas que saben no van a cumplir, solo para obtener votos de seguidores que votan con el único interés de conseguir empleos o negocios turbios. ¡El país no importa! Todos sabemos que el precio de la democracia a veces es muy alto, pues vale igual el voto de un ladrón que el voto de un hombre honesto o el voto de un ilustre que el de un analfabeto.
En nuestro país la gran mayoría de los votantes son personas con muy poco conocimiento sobre economía, producción o mercados y casi siempre votan, no por el que ofrece mejores planteamientos, sino por el que hace más ruido o creen que va a ganar.
No puede esperarse menos de un país donde hemos visto candidatos que regalan dinero, ron y puercos para traer votantes. Y los políticos se aprovechan. Mientras menos educación tenga el pueblo más fácil es de engañar. El empresario que no da dinero para la campaña es un enemigo.
Los sindicatos nadan en aguas turbulentas para ver quién ofrece más. Vendemos nuestro voto al mejor postor para nuestros intereses.
llave impresindible de toda posible iniciativa futura del nuevo ejecutivo.